
La verdad es que yo nunca pude ser de esos padres que logran hablar en un español neutro, perfecto y prolijísimo delante de los hijos. Soy bastante mal hablada y, enfrente de ellos, hablo más o menos como hablo siempre. Así que las malas palabras las aprendieron chicos.
Mi única política con eso era bastante concreta: si se te ocurre decir esto delante de otra madre o delante de la maestra, y después me llaman a mí, te mato. No era muy sofisticado el método, pero más o menos funcionaba.
Con el tema de cómo se hacen los bebés, cada uno de mis hijos tuvo una historia distinta. El más grande, por ejemplo, fue un caso espectacular porque yo estaba convencida de que ya sabía todo. Miraba NatGeo Wild todo el día, veía animales apareándose, tenía ocho o nueve años, y yo pensaba: bueno, este tema ya lo tiene totalmente procesado.
Hasta que un día salió la conversación y le pregunté si sabía cómo se hacían los bebés. Me dijo que sí, que el papá le pone una semillita a la mamá. Entonces le pregunté si sabía cómo llegaba esa semillita. Y ahí me miró con una cara de desconcierto absoluto. No tenía la menor idea. Yo no lo podía creer. Pensaba: pero vos mirabas a los animales aparearse todo el día, ¿cómo no uniste los puntos? Fue uno de esos momentos en los que te das cuenta de que una cosa es ver y otra muy distinta entender.
Mi hija del medio fue otra historia. Con ella usé un librito, porque era muy tierna, muy femenina, y sentí que por ahí ese formato le iba a resultar más amable.
Y el más chico directamente fue spoilerado por el hermano mayor. Un día el grande me avisó que lo había llamado aparte para decirle: te tengo que contar una cosa, pero no se la podés decir a mamá. Después vino y me dijo: mejor decile que nos escuchaste hablando, porque quedó bastante traumado. Así que fui, hablé con él, le pregunté si tenía más preguntas y me dijo que no, que ninguna, que no quería seguir con el tema. Y bueno, quedó ahí, medio congelado, hasta que con el tiempo se fue naturalizando.
Creo que siempre quise que todo eso pudiera hablarse con naturalidad. Pero también es verdad que la naturalidad ideal choca bastante con todos los tabúes que seguimos cargando.
Por ejemplo, hubo un momento en que los tres vinieron a decirme que alguien les había contado que los bebés nacían por la cola. Y entonces me preguntaban cosas bastante concretas. Uno de los pedidos recurrentes era: ¿lo puedo ver? Y bueno, no, obvio que no. Pero sí sentía que había que responder algo, porque esas preguntas aparecen y no tiene sentido hacerse el distraído.
Además, cuando empiezan a crecer y van a casas de amigos, entran en contacto con otros mundos, otras familias, otras formas de hablar del cuerpo. Y ahí a mí se me activó otra preocupación, bastante menos ingenua: el tema de las partes íntimas.
Entonces hice una especie de escuelita básica, bastante directa: tus partes íntimas son íntimas, vos sos la única persona que puede tocarlas, y si alguna vez alguien, por cualquier motivo, te toca tus partes íntimas, venís y me lo contás enseguida.
Puede ser que con eso les haya transmitido un poco de miedo, no lo descarto. Pero honestamente, entre quedarme corta y que no tengan esa información, preferí pecar de explícita. A veces una transmite estas cosas medio traumada por todo lo que escuchó de chica, o por todas las historias que sabe que existen, aunque no quiera vivir desde el susto.
Supongo que, como en casi todo lo demás, fui haciendo un equilibrio bastante imperfecto entre la naturalidad y la alarma. Entre no convertir el cuerpo en un tabú, pero tampoco dejar a los chicos completamente ingenuos. Entre aceptar que las malas palabras existen, que las preguntas sobre sexo llegan, que los hermanos se spoilean entre sí, y que tarde o temprano una tiene que estar disponible para sostener esas conversaciones aunque sean incómodas.
No sé si lo hice de la mejor manera, pero sí sé que siempre preferí que la información les llegara conmigo cerca. Aunque fuera entre torpezas, malas palabras y caras de espanto.