Cuando por fin define el ego, Luciano evita una explicación moral. El ego no aparece como algo malo en sí, sino como un mecanismo de identificación. La persona se hace igual a sus objetos, a su dinero, a su prestigio, a sus ideas, a sus éxitos, a sus pertenencias o a sus mandatos.
Esa identificación produce separación. Separación de los demás, porque aparecen los grupos, las etiquetas y las superioridades imaginarias. Pero sobre todo separación de uno mismo. Ahí está el núcleo del problema: dejar de habitarse para encarnar una forma aprobada por la cultura. Desde esa fractura nace una vida cada vez más lejos del propio centro.