La clase abre bien arriba, en una escala cósmica. Luciano mezcla budismo, cristianismo, física y evolución de la conciencia para recordar algo que después atraviesa todo el encuentro: la vida es una, aunque adopte formas distintas. Desde esa mirada, el ego aparece como la ilusión de estar separados, aislados y obligados a sobrevivir por cuenta propia.
Ese corrimiento no busca volver abstracta la experiencia, sino darle otra dimensión. Si todo participa de una misma vida, entonces lo que se le hace al otro en el fondo vuelve sobre uno mismo. Dar carencia, miedo o violencia también es seguir alimentando esa misma energía en la propia existencia.
Por eso el punto de partida de la clase no es moral sino ontológico. Antes de cambiar resultados, hay que revisar desde dónde se está mirando la vida y qué mundo se está creando desde esa conciencia.