En la última parte del encuentro, la escucha empieza a ordenarse como práctica. Escuchar bien no es lograr que el otro me entienda, sino ponerme al servicio de entenderlo. Para eso hacen falta silencio, aceptación, preguntas abiertas, disponibilidad emocional y un genuino interés por comprender desde dónde la otra persona dice lo que dice.
También aparece una distinción clave: aceptar no es estar de acuerdo. Puedo respetar el observador del otro sin pensar igual. Y puedo reflejarle lo que entendí para que me corrija, se escuche mejor o aclare su experiencia. La escucha efectiva no elimina la diferencia, pero crea un espacio más limpio para encontrarse dentro de ella.