Uno de los momentos más humanos de la clase aparece cuando Luciano conversa con quienes no están en una crisis evidente, pero igual sienten una inquietud persistente. Todo parece estar en orden, y aun así algo adentro no termina de descansar. Ahí aparece la idea del llamado.
Según su lectura, el alma no vino solo a mantenerse a salvo. Vino a traer dones, a cantar una canción propia, a poner en el mundo una forma singular de servicio y verdad. El problema no es disfrutar estabilidad, sino quedarse atado al puerto por miedo a mover lo conocido.
La incomodidad entonces deja de ser un capricho o una ingratitud. Puede ser señal de una vida interior que quiere expresarse con más volumen. Cuando eso se posterga demasiado, aparece la sensación de estar perdiendo tiempo o de vivir lejos de la parte más viva de uno mismo.