Desde ese piso, la clase entra de lleno en el poder creador del lenguaje. No solo describimos la vida con palabras: también la organizamos y la sembramos con lo que declaramos todos los días. Cuando alguien se cuenta una y otra vez que no puede, que no vale, que todo está en contra o que siempre tiene que poder con todo, deja de narrar una experiencia y empieza a fabricar una identidad.
Luciano subraya que una declaración nueva no necesita sentirse verdadera desde el minuto uno. De hecho, al principio el cuerpo y las emociones suelen no acompañar. Lo importante es la intención sostenida, el foco y la repetición consciente. Ahí nace el nuevo surco: una palabra elegida que va moldeando otra forma de habitarse.
La propuesta no es maquillarse con frases vacías, sino revisar qué historia me cuento, para qué me la cuento y qué realidad sigo alimentando cada vez que la repito. Declarar distinto es empezar a vivir distinto.