La última declaración trabajada es gracias, primero como reconocimiento y después como estado anímico. Agradecer no es solo ser educado: es honrar al otro, cerrar el intercambio y dejarse tocar por el regalo recibido. Cuando alguien no puede recibir o exagera el agradecimiento desde la culpa, también aparece un vínculo distorsionado con el merecimiento.
Luciano lleva la gratitud a un plano más amplio. Vivir agradeciendo transforma la percepción, porque saca el foco de la falta y lo pone en lo dado. La tierra, la lluvia, el sol, los ciclos, la comida, el cuerpo, la posibilidad de estar vivos. Ahí reaparece una espiritualidad simple, encarnada y cotidiana que no necesita grandilocuencia para sentirse sagrada.
El cierre de la clase va hacia ese regreso a lo esencial. Recuperar juego, presencia, simpleza y reverencia por la vida. La gratitud, sostenida como práctica, no niega los problemas, pero evita que toda la experiencia quede secuestrada por la carencia y la preocupación.