Uno de los tramos más intensos de la clase gira en torno a la depresión, el dolor sostenido y las distintas maneras de intentar silenciarlo. Luciano habla desde su experiencia y desde una mirada ontológica y espiritual: cuestiona el impulso automático de anestesiar el proceso, ya sea con medicación, alcohol, drogas o adicciones.
Sin desautorizar la ayuda profesional, insiste en que muchas veces la tristeza está trabajando algo valioso en profundidad. Por eso propone buscar sostén, recursos y acompañamiento, pero sin perder de vista que llorar, frenar y atravesar también forman parte del trabajo. La salida no aparece en negar el dolor, sino en encontrar modos conscientes y amorosos de habitarlo sin quedar atrapado ni escapar de él.