Entre los personajes que aparecen, el más desarrollado es el del servidor sufrido. Es quien se organiza alrededor del sacrificio, vive para los demás, posterga su deseo y solo se siente valioso si está siendo necesario o útil. Muchas veces detrás de esa imagen noble hay culpa, miedo a no ser querido y una necesidad muy profunda de reconocimiento.
La clase desarma con bastante precisión esa trampa: servir no es el problema, el problema es sufrir para ser visto como bueno y dejarse siempre para el final. Salir de ahí implica empezar a poner límites, tolerar la desaprobación, aprender a decir que no y darse con la misma intensidad con la que se da a otros. Ese movimiento se completa al final con una meditación, donde la práctica ya no es hablar sobre el ego, sino experimentar por un momento la distancia entre la voz mental y una presencia más silenciosa. Ahí aparece una paz que no depende del personaje.