Uno de los núcleos más fuertes de la clase aparece cuando Luciano explica que la mente profunda y el plano energético no registran el “no” del modo en que creemos. Si una persona vive enfocada en lo que teme, en lo que le falta o en lo que no quiere que ocurra, termina alimentando exactamente ese campo. El miedo, repetido una y otra vez, se vuelve una forma de creación.
Frente a eso propone una disciplina distinta. Visualizar al yo más sublime, revisar las palabras que uno usa, dejar de declarar carencia, agradecer lo que ya hay y elegir con claridad qué experiencia se quiere vivir. No se trata de negar las dificultades ni de fabricar optimismo superficial, sino de dejar de reforzar con la propia energía el mundo que se quiere abandonar.
La abundancia, el amor y el propósito no llegan para completar un vacío previo. Según la lógica de la clase, primero hay que dejar de verse vacío en el presente. Recién desde ahí puede empezar una creación menos ansiosa y más verdadera.