Luciano describe cómo muchas personas, después de traiciones, pérdidas o dolores antiguos, congelan el corazón para no volver a sufrir. El costo de esa estrategia es altísimo: si bloqueo la tristeza, también bloqueo la alegría. Si me vuelvo de madera para no romperme, termino viviendo lejos de lo más humano que tengo.
La propuesta no es dramatizar ni forzar catarsis, sino recuperar permiso para sentir. Volver a llorar lo no llorado, atravesar el dolor en lugar de intelectualizarlo y dejar que algo del personaje se resquebraje para que aparezca algo más verdadero. Para él, muchas crisis emocionales no son una falla sino un llamado de regreso a casa.