La clase abre con una idea simple, pero fundamental para todo el proceso: enfrente no hay solo alguien que habla, hay un observador del mundo. Así como cada participante viene trabajando su propia historia, sus creencias y sus emociones, también el otro trae su mochila, su sensibilidad y su manera de interpretar la realidad.
Escuchar de verdad empieza cuando dejo de tratar al otro como un personaje secundario dentro de mi relato y lo reconozco como alguien completo. Esa conciencia cambia el vínculo. Ya no se trata solo de oír palabras, sino de entrar en contacto con una experiencia humana distinta a la mía.