La clase termina llevando la pregunta hacia adentro. No solo importa cómo escucho a los demás, sino cómo me escucho a mí mismo. Si me interrumpo, me juzgo, me apuro o no me doy silencio, también me estoy negando un espacio de comprensión.
Por eso la invitación final es doble. Hacia afuera, cuidar el contexto, bajar el celular, registrar si realmente puedo escuchar y animarme a decir “ahora no” cuando no estoy disponible. Hacia adentro, practicar una escucha más compasiva, con menos castigo y más ternura. Al final, aprender a escuchar al otro y aprender a escucharme forman parte del mismo cambio.