La gran bisagra de esta clase llega cuando Luciano introduce una idea decisiva: no observamos la realidad de manera neutra.
Vemos, sí. Pero además interpretamos. Y esa segunda parte cambia todo.
Dos personas pueden mirar exactamente la misma escena y construir mundos emocionales opuestos. No porque una esté loca y la otra cuerda. Sino porque cada una interpreta desde su historia, sus miedos, sus aprendizajes, sus heridas, sus creencias y sus expectativas.
Ese punto es central porque rompe una ilusión muy arraigada: la de creer que lo que veo “es simplemente así”. Muchas veces no estoy describiendo la realidad. Estoy describiendo mi lectura de la realidad.
El coaching ontológico llama a eso observador. El observador no es una idea abstracta. Es el conjunto de interpretaciones con el que una persona habita el mundo. Desde ese observador después actúa, decide, se vincula, se frustra, se entusiasma y obtiene resultados.
Por eso cambiar acciones no siempre alcanza. Si el observador sigue siendo el mismo, la persona puede mover piezas externas y repetir internamente el mismo patrón. Cambia de trabajo, pero no de mirada. Cambia de pareja, pero no de creencia. Cambia de estrategia, pero no de identidad.
La clase no usa esta idea para relativizarlo todo, sino para abrir una puerta de poder. Si mi experiencia también está hecha de interpretación, entonces no estoy completamente condenado por los hechos. Puedo revisar el lente.
Y revisar el lente no es mentirse. Es empezar a reconocer desde dónde estoy mirando.