
Muchas de las personas adultas que hoy sufrimos de insomnio o nos desvelamos de noche acarreamos algo de nuestra infancia. Antes era muy común que simplemente te mandaran a la cama con un "bueno, andá a dormir, listo, manejate". Y te quedabas ahí, en la cama, en la oscuridad, y de repente las cosas te daban miedo, pensabas demasiado. Yo vengo de una familia de seis hermanos; era inviable pretender que mi mamá viniera a hacernos dormir a upa a cada uno. Y hasta el día de hoy, dormir a veces me genera un poco de ansiedad.
A mis hijos yo los dormía a upa, cantándoles, hasta que cumplían cerca de un año. Un año es, más o menos, el momento en el que ya pasaron la época de la "extrañeza". Es esa etapa donde entienden que, si estás en la habitación de al lado, seguís estando ahí aunque no te vean.
En ese momento también empezás a distinguir muy bien los tipos de llanto. Te das cuenta perfecto de cuándo lloran porque algo los asusta, los duele o los pone tristes, y cuándo lloran como castigo, por pura rabia y frustración porque les estás torciendo la voluntad y no tienen ganas de hacer lo que les pedís.
Para enseñarles a dormir solos (y lo hice con los tres en distintos momentos, cuando los sentí listos) usé una variación de un método. Existe un libro famoso que se llama *Duérmete, niño*, pero yo no comparto para nada su premisa principal, que sugiere hacerlo a los tres meses de vida. Me parece un horror, una aberración. Si le hacés eso a un bebé de tres meses le generás un trauma gigante, porque lo único que siente a esa edad es que lo abandonaste.
Pero después del año, cuando ya saben que estás ahí y entienden lo que les explicás, funciona distinto. Y con mis tres hijos el "entrenamiento" duró apenas una noche.
La rutina era la siguiente: entraba al cuarto, hacíamos los mismos rituales de siempre, les cantaba las mismas canciones, pero en lugar de esperar a que se durmieran profundamente en mis brazos, los metía en la cuna estando despiertos. Les decía: "Ahora cantamos, pero después te meto en tu cunita y vas a aprender a dormir solito. Este es tu cuarto, acá tenés tus cositas, tu ovejita. Yo voy a estar ahí, al lado de la puerta". A esa edad escuchan, te entienden y la propuesta les parece bien.
El primer día, claro, cuando los dejás en la cuna y das un paso atrás, les da una rabieta enorme. Es puro enojo porque les estás cambiando la regla del juego. Lloran fuerte. Yo me quedaba del otro lado de la puerta, contaba tres minutos, y entraba. Sin levantarlos, les decía: "¿Por qué llorás, mi amor? Si no pasa nada. Mirá, está todo bien, es tu cuarto, mamá está acá al lado". Me miraban con furia. Yo les decía: "Bueno, me voy y tú dormite", y salía de nuevo. Lloraban otra vez. Y a los tres minutos, volvía a entrar.
Con el que más me costó, estuve 50 minutos. Habré entrado unas diez veces en total. Hasta que se quedó dormido. A la noche siguiente, hice exactamente lo mismo. Lloró una sola vez, por tres minutos, y cuando entré ya estaba dormido.
A partir de la tercera noche, mientras les cantaba a upa, casi que se querían zambullir dentro de la cuna ellos solos. Y el gran beneficio de todo esto no fue solo mío: ellos pasaron a dormir mucho mejor toda la noche. Si a un niño lo acostumbrás a que la única forma de conciliar el sueño es con vos, cuando tiene esos microdespertares naturales en la madrugada, no sabe cómo volver a dormir y te llama. Le generás un sueño entrecortado. En cambio, si aprenden a dormirse solos, descansan de un tirón. Y, espero, crezcan sin esa ansiedad nocturna que muchos adultos todavía arrastramos.