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El cocodrilo de Morro

Ilustración

Siempre trataba de buscar juegos y propuestas para conectar con mis hijos. A veces llegabas cansada de trabajar, no se te caía una idea, y si bien estaba bueno simplemente tirarse al piso y mirarlos jugar, otras veces yo intentaba llevar alguna propuesta más armada.

Una vez había leído la historia de una mamá que juntaba cajas de cartón de todos los tamaños con su hijo para construir una ciudad. Me pareció brillante. Me pasé meses juntando cajas en un cuarto vacío. Agarré a mis dos hijos mayores, que en ese momento eran muy chicos, y les mostré mi libro de referencia: "Miren, acá va la iglesia, acá las calles, acá las casitas".

Tiramos todo al piso y yo arranqué con mi plano urbano. Pero el más grande, que siempre fue un alma libre, a los cinco minutos ya no quería saber nada con la ciudad. Agarró una de las cajas más grandes, se metió adentro, le arrancó la tapa y armó una cueva para jugar a las escondidas. La otra le empezó a dibujar animales a lo que iba a ser la escuela.

Yo estaba re estresada porque la ciudad no salía y mis preciosas cajas no estaban cumpliendo su función. No lo estaba disfrutando nada. Y ahí, en el medio del caos, me relajé. Pensé: pará, ¿cuál es el fin de todo esto? Pasar un rato y que se entretengan. Si el resultado arquitectónico es una porquería, no importa.

Años después, estábamos yéndonos a la playa en Brasil con ellos dos, que tendrían 5 y 3 años. Venía mi hermana, que en ese momento no tenía hijos. En la revista del avión vimos una foto increíble de un cocodrilo de arena gigante, lleno de detalles y con piedritas blancas perfectas haciendo de dientes.

Mi hermana me dijo, emocionada: "¡Tengo el plan perfecto para los nenes en la playa: el cocodrilo!". Yo le dije: "Hagámoslo, pero por favor, bajá tus expectativas bien abajo. Es muy difícil que salga ese cocodrilo. Le van a poner dos piedritas y una rama donde va la cabeza y ya está". Mi hermana insistía: "No, va a salir bien".

Fuimos a la playa y pasó tal cual lo previsto. Juntamos la arena, hicimos un poco la forma base, mandamos a uno a buscar dientes y trajo una piña. El cocodrilo terminó pareciéndose más a una babosa triste. Los nenes se aburrieron, se fueron a correr al agua, después volvieron un rato.

Todavía tenemos la foto de nuestra "babosa" al lado de la página de la revista. Es muy gracioso. Y fue una gran lección: si te quedás aferrada a que el cocodrilo salga perfecto como en la revista, vas a terminar vos sola, enojada y construyendo un bicho de arena, con tus hijos de mal humor en otra parte. Cuando jugás con ellos, tenés que ponerle garra, pero las expectativas hay que dejarlas en casa.


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