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La tortuga, el dinosaurio y el pirata

Ilustración

Quiero hablar de los cuentos para ir a dormir. Yo compraba un montón de libritos (los de Susana Olaondo, por ejemplo, están buenísimos), pero enseguida aprendí algo fundamental: el cuento de buenas noches no puede tener mucho suspenso, ni mucho enrosque, ni un gran final sorpresivo. Si lo tiene, obviamente el niño se desvela. Tiene que ser un toque monótono. Pasan cosas, sí, pero ninguna es demasiado importante.

Después te empieza a pasar que llegás con un librito que te pareció divino, pero ellos quieren dominar la historia. En el medio te dicen: "No, no me gusta, quiero que en el cuento haya una tortuga, un dinosaurio y un pirata".

Terminé soltando los libros. Empezó a ser un juego de llegar de noche y preguntarles: "Bueno, ¿de qué querés el cuento hoy?". Me pedían tres personajes y, a veces, también el escenario: en una casa, en la playa, en la selva. Y ahí, a inventar.

¿El secreto para que funcione? Además de mantener el tono monótono —nada de armar un thriller, porque no se duermen más—, la clave es usar las cosas que les estuvieron pasando a ellos ese día o esa semana.

A los chicos les fascina identificarse con la historia. Así que, casualmente, uno de los tres personajes (digamos, la tortuga) tiene su misma edad. O va al mismo colegio. O si tu hija hace danza, resulta que la tortuga también hace danza. Le encantan las mismas cosas, le aburren las mismas cosas y, curiosamente, le dan miedo las mismas cosas.

A través del cuento, les vas mostrando cómo el personaje supera eso que le cuesta. Además le metés otro personaje —el pirata, ponéle— que tiene una mirada opuesta, y les contás cómo charlan entre ellos y lo resuelven.

Ellos nunca te dicen: "Che, a la tortuga le pasó exactamente lo mismo que a mí". Nunca lo blanquean. Pero lo escuchan, se ven reflejados, lo procesan, y la historia les va quedando.


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