
A medida que crecen, llegan los berrinches lógicos. Hay una edad en la que quieren que les compres figuritas o cualquier cosa y se encaprichan porque sí. Es un momento pesado, porque uno piensa: ya te lo expliqué.
Pero como ya son niños un poco más razonables, yo en casa inventé una salida. Cuando se trababan con algo, la conversación era más o menos así:
—Vos querés eso, lo entiendo. Yo quiero un elefante rosado con lunares violetas.
—¡Pero comprame lo mío!
—Bueno, vos traeme al elefante. Yo lo quiero y no lo tengo, y me pone mal no tenerlo.
—No sé dónde conseguirlo.
—Yo tampoco sé cómo darte eso que querés ahora. Ya está. Hay cosas que, simplemente, no se pueden.
Funcionaba como un cortocircuito a la pataleta. De hecho, a lo largo de los años, los tres en algún momento de bronca me terminaron dibujando el elefante rosado con lunares violetas en un papel. Era nuestra forma de ponerle un punto final al capricho: ya está, no se puede.
Y después viene la otra gran etapa: la edad de los "por qué".
Llega una época muy tierna en la que te preguntan "por qué" absolutamente de todo. Por qué esto, por qué aquello, por qué lo otro. Y en un momento te quedás sin respuestas, estás agotada y lo único que querés es dormir. El problema es que, como adultos, creemos que tenemos que demostrarles que sabemos todo y que tenemos que darles respuestas para cada duda existencial.
Hasta que un día descubrí el poder de una frase. Los miré y les dije: "¿Sabés qué? No sé por qué. No sé. Mañana lo buscamos juntos. Ni idea".
Hacerte lugar para decir "no sé" es liberador. No tenemos las respuestas de todo, y ellos también tienen que saberlo.