
Una vez una psicóloga me dijo algo muy simple pero muy cierto: los niños necesitan tu atención y conectar con vos. Si durante el día no les diste la suficiente atención, a la noche no van a querer dormir, porque van a querer estar despiertos para estar con vos. Pasa mucho cuando trabajás todo el día (que es la realidad inevitable de muchos), y también pasa cuando, lamentablemente, a los adultos no les divierte tanto jugar y no les dan mucha pelota.
Los chicos siempre van a buscar tu atención. Pueden hacerlo por la positiva o por la negativa. Cuando sienten que no los estás mirando, empiezan a portarse peor. Hacen un desastre tras otro, simplemente porque descubren que esa es la manera más rápida de que los mires.
Por eso, cuando ves que tu hijo está haciendo "cagadas" una atrás de la otra, lo primero que deberías preguntarte es: ¿Estoy conectando con él? ¿Estoy mirando su lado positivo? ¿Le estoy dando el espacio para que me llame la atención haciendo cosas lindas?
Esto es fundamental, porque si se instalan en esa inercia de llamar la atención por lo malo, llega un momento muy triste en el que el niño se autoetiqueta. Empieza a pensar y a decir: "Yo soy terrible, yo me porto mal". Y una vez que asumen esa identidad, actúan en consecuencia.
Las etiquetas son una porquería. Así como tenemos que pelear para cuidar su autoestima (sus fichas de póker), tenemos que pelear contra las etiquetas que el mundo les pone. Y a las escuelas les encanta etiquetar a los niños.
En las reuniones de padres, confieso, soy la peor enemiga del sistema. Voy, escucho todo lo que me dicen que mi hijo hace mal, y por lo general los termino defendiendo a ellos. Si me dicen que no espera su turno para hablar, les contesto que en mi casa sí lo espera, así que tal vez en el colegio no le están dando la palabra cuando le corresponde. Trato de partir siempre de la base de que el niño tiene sus razones. Y, sobre todo, no me olvido de que es un niño.
Hace poco tuve un intercambio con el director del colegio porque habían dejado a mi hijo y a sus compañeros sin recreo como castigo. Le mandé un mail muy directo: le expliqué que me parecía pésimo que un chico que está de 8 a 16 horas encerrado en una institución se quede sin salir al patio. Le aclaré que no solo es nocivo para ellos, sino que va en contra de los derechos de la niñez. Le pedí que, si pensaban volver a hacerlo, me avisaran, porque yo iba a ir a buscar a mi hijo para llevármelo.
El director me contestó negándolo, diciendo que nunca los habían dejado sin recreo. Una mentira en la cara, porque mi hijo me contó exactamente cómo había sido. Lejos de seguir discutiendo el hecho, le respondí: "Voy a confiar entonces en que esto no va a volver a pasar, y confío también en que van a encontrar mejores maneras de marcarles el camino. Y, por favor, no se olviden de que son niños".
Hay que defenderlos de las instituciones cuando las instituciones se olvidan de quiénes son los que están ahí adentro.