
A veces me preguntan si con el último hijo vas bajando los brazos de tanto cansancio. Yo siento que es al revés: el último hijo se lleva una mejor versión tuya porque ya no tenés los miedos del principio.
El miedo es el peor enemigo de la crianza. Cuando estás buscando objetivos y te asustás por todo, hacés cualquier cosa mal. Si a tu hijo le sale algo mal, se pelea con alguien o le pasa algo, mi recomendación más grande es: nunca vayas a hablar con él o a darle un consejo desde el miedo.
Frená, respirá y andá para adentro. Reconocé tu propio miedo, pero buscá el amor. Y salí siempre desde ahí. Una charla que nace del amor es muchísimo más creativa y constructiva que un reto que nace del pánico. Y si ya te equivocaste y le tiraste tu miedo encima, no pasa nada: andá y decile. "Te dije eso recién porque tengo miedos míos que no tienen nada que ver con vos". Y volvé a decírselo desde el amor. Pasarle tus miedos a tu hijo es de las cosas más dañinas que podemos hacer.
Esto se vuelve todavía más clave en la adolescencia. Para que mis hijos confíen en mí, mi primer paso es no mostrarme como alguien perfecta. Porque yo no fui una adolescente perfecta; tuve mis errores y mis excesos como cualquiera. Y sin endiosar esos errores, me parece clave mostrarles que no nací ayer, que también pasé por ahí y que el mundo no se termina por equivocarse.
Cuando pasa algo fuerte por primera vez —una salida de más, una borrachera—, depende de tu reacción lo que va a pasar de ahí en adelante. De esa reacción depende si la próxima vez te van a pedir ayuda o te lo van a esconder. Yo, por lo general, la primera vez no pongo penitencia. Les digo: "A mí también me pasó. Te va a volver a pasar. Pero ¿viste lo mal que la pasaste? ¿Lo negativo que fue?". Intento dejar en claro que estamos de su lado.
Les digo: "De acá en adelante voy a confiar en vos, porque sé que estamos los dos de acuerdo en que lo que pasó no está nada bueno y no es lo que vos querés para tu vida". Es mostrarles que somos humanos, que la cagamos, pero que estamos ahí para bancarlos. Lo ideal es no equivocarse, claro. Pero si te equivocás, llamame. No me voy a horrorizar. Estoy de tu lado.