
Hay algo fundamental que todo niño necesita para desarrollarse sano: sentir que sus padres son incondicionales. Saber que, por más que hagan las cosas muy mal, siempre vas a estar ahí y nunca los vas a querer ni un poquito menos por equivocarse. Se trata de romper con la lógica del "te quiero porque sos bueno y te portás bien, y no te quiero cuando te portás mal".
Esta incondicionalidad me llevó a revisar cosas que yo misma hacía. Por ejemplo, a mí siempre me importó mucho desarrollarles la empatía a mis hijos. Si yo veía que en su clase había algún chico que no tenía muchos amigos o estaba medio aislado, y como los míos estaban bien integrados, yo intentaba que lo incluyeran. Si nos invitaban a casa, les hablaba de los problemas de ese niño para que intentaran ponerse en sus zapatos.
Pero con el tiempo me di cuenta (y me pasó con los tres) de que, en algún punto, mi insistencia les hizo creer que ese otro niño me importaba más que ellos. Como que me pasé de rosca con la empatía. Me di cuenta tarde de que les estaba dando un mensaje equivocado y de que ellos estaban haciendo un esfuerzo gigante por complacerme con algo que les estaba costando un montón.
Ahí aprendí —un poco a los golpes— que hay que demostrarles todo el tiempo que tu camiseta es la de ellos. Que ellos siempre van a ser más importantes que cualquier cruzada de integración en la que estemos metidos.
Aprendí a habilitarles los sentimientos "feos". A decirles que, si están odiando al chico que tiene problemas, está bien, lo podemos hablar. Que es normal. Que me deben decir cómo se sienten. La incondicionalidad no es solo quererlos cuando son buenos y solidarios; es que sepan, sin ninguna duda, que siempre están primeros en la fila de tu amor.