
Muchas veces me preguntan si a mis viajes también me llevo a amigos de mis hijos o a chicos de otras familias. La respuesta corta es no. No da ni ahí.
Es una responsabilidad gigantesca. Yo sé que mis hijos son 4x4: se duermen en cualquier lado, se adaptan, no se van a poner a llorar porque hace frío, porque los crie a mi imagen y semejanza en ese sentido. Ya sé cómo reaccionan y sé qué esperar. Otros niños tienen sus propias costumbres, sus miedos, sus mañas. Y si de repente a miles de kilómetros de distancia a un niño de otra familia se le agarra un ataque de angustia, se enferma o se lastima, te querés morir. Cuando un chico se siente mal o se asusta, a la única que necesita es a su madre. Y vos no sos la madre. Me llevé a una nena una sola vez, cuando tenía 11 años, y si bien todo salió bárbaro, pasé miedo todo el viaje.
Ese mismo miedo lo tengo a la inversa. Dejar ir a tus propios hijos de viaje sin vos cuando todavía son chicos es un desafío. A uno de los míos recién lo dejé irse más lejos a los 11 años. La pasé tan mal y me angustié tanto que a los tres días me tomé un avión para estar cerca, compartí un rato con él y después me lo traje conmigo de vuelta.
Si el viaje escolar o deportivo es a dos horas en auto, como puede ser irse a un pueblo acá cerca, te digo que sí; porque si a la madrugada pasa cualquier cosa, me subo al auto y en un rato estoy ahí. Pero que estén en otro país, donde dependo de que salga un vuelo, de combinaciones y fronteras... confieso que soy muy aprehensiva con eso.