← Volver al índice

La célula sonriente

Ilustración

Hay algo muy tierno que pasa con todos los niños cuando son chiquitos, y es cómo dibujan la figura humana.

Lo primero que hacen cuando les pedís que dibujen a una persona —a mamá, a papá, a los abuelos— es dibujar una célula. Literalmente: es un círculo gigante, que cada tanto tiene dos ojitos. Más adelante a esa célula le aparece una sonrisa. Pasan seis, ocho meses, y de pronto de ese mismo círculo le brotan manos y patas, como si fueran antenas.

Ese primer monigote empieza a evolucionar en el papel de una manera muy parecida a cómo evoluciona un feto adentro del cuerpo.

Tiempo más tarde, el círculo original se divide en dos: uno pasa a ser la cabeza y el otro el tronco, y de ahí salen los palos de los brazos y las piernas. Cuando empiezan a desarrollar más la comunicación, aparecen los dedos de las manos. Después el pelo, las orejas.

Y una de las últimas cosas que aparece en el dibujo infantil, muy al final del proceso, es el cuello.

En el jardín les van haciendo dibujar el cuerpo humano para evaluar, a través de esos detalles, qué áreas del desarrollo van adquiriendo. Lo gracioso (y un poco trágico) es la cantidad de madres que se traumatizan cuando ven las carteleras del colegio. Ven que el dibujo de su hijo sigue siendo una célula con patas, mientras que los dibujos de los compañeritos ya tienen cuello, y colapsan.

Conozco madres que llegaban a la casa, ponían a los hijos a dibujar y se señalaban el propio cuello desesperadamente diciéndoles: "Mirame bien, dibujame... ¿qué hay acá?", para forzar que el cuello apareciera en el papel. Como si apurar el trazo acelerara la maduración. Ni hablar de si al dibujo de pronto le aparecen dientes antes que otras cosas; también es motivo de crisis, porque se supone que la evolución gráfica tiene un orden esperado.

Pero más allá del estrés de los adultos por los manuales de desarrollo, la etapa de los primeros dibujos es re tierna. Yo tengo guardadas células dibujadas por mis tres hijos. En todas, incluso en las más básicas, se repite algo hermoso: siempre, siempre, les dibujan una sonrisa gigante.


Siguiente: El juego paralelo y la tiranía de los milestones →