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La mesa, los modales y las verduras

Ilustración

Yo ya había contado que mi tercer hijo vino al mundo a demostrarme que yo no era ninguna genia enseñándoles a comer. Con los primeros dos me había ido bastante bien. Comían bárbaro, aceptaban papillas, verduras, frutas. La del medio, incluso, tenía una pasión total por las latitas Gerber. Cuando nos íbamos de viaje, yo le llevaba toda la comida en una bolsa, sin refrigerante ni nada, y sobrevivía feliz una semana a base de latitas. Después volvíamos y retomábamos la comida normal.

Entonces nació el tercero y me escupía todo. Yo no lo podía creer. Ya me había comprado la idea de que esto era lo mío, de que yo sabía perfectamente cómo hacer para que un hijo comiera bien, y de golpe apareció uno que me desarmó el personaje en dos minutos.

Fue bastante traumático. Yo le cocinaba, le preparaba todo, lo sentaba, y no quería comer. Y además me pasaba algo muy primario: no podía soportar la idea de tirar esa comida. Me resultaba contra natura, me angustiaba mucho. En esos momentos lo único que quería era meterle una croqueta de relleno y terminar con el problema. Pero bueno, un día empezó a comer y el tema se acomodó. No hubo gran revelación. Solo pasó. A veces los hijos también te enseñan eso: que no todo depende de tu pericia.

Con respecto a la comida en la mesa, durante mucho tiempo la logística fue otra. Ellos comían temprano porque la comida ya de por sí era medio una batalla. Cenaban, se bañaban, se ponían el piyama, se acostaban, y después yo comía tranquila con el padre, o sola, o como fuera. Pero no en medio de ese quilombo.

Hasta que un día me empecé a dar cuenta de algo bastante fuerte: tenían unos modales espantosos para comer. Literalmente parecían tres cavernícolas. Comían con la boca abierta, hablaban con la boca llena, agarraban mal los cubiertos. Era un nivel primate bastante impactante.

Y ahí sentí algo muy contradictorio. Porque no era un aprendizaje que me divirtiera en absoluto. Me daba una pereza infinita tener que enseñar todo eso: cómo cortar, cómo bajar el brazo, cómo sentarse, cómo no hablar con la boca llena. Pero al mismo tiempo me di cuenta de que eso también era parte de la socialización, y que había cierta información que yo sí quería pasarles.

Entonces nos empezamos a sentar en la mesa. Fue aburridísimo. De noche, todos cansados, con uno que come lentísimo y los otros desesperados porque no se bancan su lentitud. Pero bueno, atravesamos ese proceso y, de a poco, los convertí en personas medianamente pulidas.

Hoy ya nos relajamos bastante más. Muchas veces comemos mirando tele, o no hacemos tanto ritual alrededor de la mesa. Pero siento que la información quedó cargada en el disco duro. Si quieren, pueden comportarse como personas normales. Comemos en la mesa algunas veces por semana, pero ya no necesito sostener esa rigidez todo el tiempo.

Y creo que ahí también apareció algo mío, una herencia más profunda de lo que yo pensaba. Evidentemente, adentro mío seguía viva toda esa educación medio rompepelotas sobre los modales. Yo me había querido hacer la desentendida, como si eso no importara tanto, hasta que un día me dio vergüenza ver cómo comían y supe que algo había que transmitirles.

De hecho, hubo situaciones en mi vida profesional que me hicieron valorar mucho más ese aprendizaje. Yo trabajaba en banca privada, y a veces me sentaba a comer con banqueros elegantísimos, con trajes carísimos, gente de Credit Suisse manejando fortunas enormes, y no podía creer los modales espantosos que tenían en la mesa. Cómo agarraban los cubiertos, cómo masticaban, cómo se movían. Y ahí agradecí mucho que mis padres me hubieran roto las pelotas con ese tema. Entonces pensé: bueno, esta data vale la pena pasarla. Después, si la usan o no, ya será decisión de ellos.

Con la comida en general, en casa siempre hubo una política bastante clara. Como ya dije otras veces, para mí las rutinas se arman entre semana y se rompen los fines de semana. Entonces, de lunes a viernes se come sano y balanceado. Y el fin de semana, en cambio, todo el mundo come bastante más basura y yo no peleo tanto. Me gusta que el fin de semana se viva un poco mejor, no convertirlo en un campo de batalla por las verduras.

Eso no significa que no aprendan a comerlas. Pero sí que intento elegir mejor dónde dar esa pelea.

Nunca fui muy de esconder verduras. No me salía demasiado. Si alguno decía no me gusta esto o no me gusta lo otro, bueno, lo escuchaba. Ahora, cuando uno entraba en esa fase de no me gusta nada, ahí sí le hacía elegir. Le ponía varias verduras adelante y le decía: elegí las dos que menos te molesten. No necesito que les fascinen, pero sí que tengan algún vínculo posible con eso.

La verdad es que mis hijos nunca fueron fanáticos de las verduras. Las frutas les gustaron mucho más. Pero bueno, también forman parte de esa humanidad básica que ama la milanesa con papas fritas, el puré y los huevos fritos. Y tampoco pasa nada. La crianza, al final, no consiste en fabricar niños perfectos que aman el brócoli. Consiste bastante más en lograr una convivencia razonable, enseñar algunas herramientas que valen la pena, y aceptar que a veces un hijo te escupe la comida solo para recordarte que no sos tan genia como pensabas.


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