
Crecí bajo esa escuela que dice que hay que poner límites. Que los límites son importantísimos, que los límites, que los límites. Y de repente tuve a mis hijos y sentí que casi nunca encontré el momento en el que había que poner esos límites tan famosos.
Sí, obvio, algún límite menor siempre hay. Pero hoy que ya están grandes, miro para atrás y me doy cuenta de que en casa casi no pusimos límites, básicamente porque descubrimos que no los necesitaban tanto.
Tengo una teoría sobre esto. No está comprobada científicamente, pero me la dio estar tantos años metida en comunidades de padres criando: creo que cuando vos realmente disfrutás de tener a tus hijos, todo cambia. Cuando te gusta compartir tu tiempo con ellos, les prestás atención y sentís que estar con ellos es un programón, y no una carga que te fumás porque no te quedó otra, la dinámica de la casa se relaja.
Yo tuve la suerte de que los recontra disfruté. Me divirtió cambiar mi vida para disfrutar de la crianza. Y como ellos recibían mucha atención nuestra y compartíamos muchos momentos reales, nunca necesitaron llamar mi atención por la negativa. Nunca tuvieron que romper las reglas para que yo los mirara, porque ya los estaba mirando.
Ahora bien: que yo crea poco en los límites no significa que no haya algunos hard no. Hay pocos, justamente por eso son importantes.
Uno de ellos es el vínculo entre hermanos. En mi casa, pelearse con tu hermano siempre fue una línea roja. No porque los chicos no puedan enojarse, sino porque siento que hay peleas que, si las dejás escalar, rompen cosas adentro del vínculo y después quedan secuelas. Eso yo lo vi en mi propia infancia y no quise repetirlo.
Mis hijos además se llevan bastante entre sí: casi tres años entre uno y otro, y después casi cuatro. Para mí eso fue clave. Por un lado, porque yo no sentía que me recuperara de un embarazo como para volver a embarazarme enseguida. Y por otro, porque hasta los dos años los chicos me parecen totalmente dependientes emocionalmente. A mí siempre me gustó que en esa etapa pudieran estar muy pegados a su mamá, sin tener al mismo tiempo otro bebé todavía más chiquito con necesidades aún más intensas.
Tal vez por esa diferencia de edad, y también porque en nuestro caso se dio esa secuencia varón, mujer, varón, nunca viví esas batallas campales entre hermanos que otras madres describen. No fueron chicos violentos, nunca se fueron a las manos, pero sí podían enojarse mucho o hacerse la cruz. Y ahí yo siempre intervine. Pero intervine de verdad. Prefiero meterme en el medio, tratar de ser justa y cortar antes de que algo se pudra de verdad.
Al mismo tiempo, de las cosas más lindas de ver es cuando los hermanos se alían entre ellos. Cuando guardan secretos, se cubren, se entienden, comparten un código propio. Eso me parece tierno y valioso. Hay algo muy profundo en sentir que, pase lo que pase, entre ellos hay tribu.
Otro hard no en casa es la falta de respeto. No acepto que le falten el respeto a un profesor, a una persona que trabaja para ellos, a alguien que los cuida, o a cualquier adulto con el que interactúan. Así como no quiero que ellos acepten ser maltratados, tampoco acepto que ellos maltraten a otros.
Y otro límite muy importante es la mentira. Yo siento que puedo entender casi todo. De chica hice más picardías que ellos y probablemente peores, así que muchas cosas me resultan comprensibles. Mi lealtad, en algún punto, está muy puesta de su lado: si me explicás lo que pasó, probablemente te entienda. Pero si me mentís o me engañás, ahí sí se complica todo, porque se rompe algo más profundo.
Con los años también descubrí algo que me parece de las cosas más sanas de la crianza: pedir perdón. Pedirles perdón a los hijos cuando una se equivoca. No en abstracto, sino de verdad: me equivoqué, reaccioné mal, esto no era así, perdón. A veces incluso me pasó darme cuenta de que había reaccionado desde un miedo mío, no por algo que ellos hubieran hecho realmente. Y ahí volver y decirles: esto tiene que ver conmigo, con algo mío, no con vos. Para mí eso es muy importante, porque también les muestra que una es humana.
Y hay una idea que para mí resume mucho de todo esto: la tasa entre disfrutarlos y ocuparse. Siempre digo que el numerador es disfrutarlos y el denominador es ocuparse. Esa tasa, para mí, te tiene que dar arriba de tres. Si te da menos de tres, algo no va a funcionar bien. Vas a terminar reaccionando mal, transmitiendo tensión, llenando la casa de cortisol.
Obviamente el número es arbitrario, pero la idea es real: muchas veces hay que bajar el peso del ocuparse en cosas que no son tan importantes. Que coman brócoli, que lleven el regalo del cumpleaños, que tengan la ropa combinada, que todo salga perfecto. Hay un montón de exigencias que parecen centrales y no lo son tanto. En cambio, disfrutarlos sí importa. Darse cuenta de que los estás disfrutando importa.
Los chicos sienten muchísimo cuando son disfrutados. Y en el fondo a todos nos pasa lo mismo: a cualquiera le gusta sentir que sus padres, sus amigos o su pareja disfrutan de su presencia. Ser disfrutado es una forma muy clara de amor. Y cuando esa conexión está viva, la necesidad de estar poniendo límites todo el tiempo baja muchísimo.