
Cuando vas a lugares recontra turísticos, siempre aparecen esos vendedores que te quieren enchufar cositas carísimas: el chiche luminoso que tiran para arriba, la miniatura de la torre, el souvenir que no sirve para nada.
Para no estar en cada esquina peleando y explicando por qué no les iba a comprar la Torre Eiffel pequeña con luces vibrantes de colores (que después llegás a tu casa y no sabés qué hacer con ella), en mi familia armamos un juego. Bautizamos a esos vendedores como los "cazadores de tontos turistas".
Les explicaba a mis hijos que hay personas que viajan a lugares como Londres solo porque "todo el mundo va a Londres". Llegan sin saber nada de la ciudad, no estudiaron nada, no les importa por qué un monumento está ahí, qué fue la guerra de Trafalgar ni qué es una monarquía. Como no se prepararon ni conectaron con el lugar, llegan a la plaza, miran la estatua un segundo y se aburren.
Ahí es donde atacan los cazadores de tontos turistas. Les venden porquerías carísimas para distraerlos, para que los turistas puedan fingir que están disfrutando de algo que en realidad no están disfrutando.
Nosotros llegábamos a las plazas, nos sentábamos y nos poníamos a analizar a la gente. Adivinábamos quiénes estaban disfrutando de verdad y a quiénes estaban por cazar. Obviamente a los chicos la lucecita de colores los tentaba igual, y cada tanto comprábamos alguna chuchería porque algunas son creativas. Pero haberle puesto nombre a la situación desactivaba la rabieta de la compra compulsiva y convertía la trampa turística en un ejercicio de observación buenísimo.