
Viajar con niños se enriquece mucho cuando vas alternando el turismo urbano con lugares más agrestes. A los chicos les divierte el contraste. Mis hijos se criaron en un lugar más bien suburbano, entonces cuando los llevé a una ciudad gigante, subir a un ascensor o subirse a un tren subterráneo les parecía la experiencia de sus vidas.
Pero los contrastes fuertes aparecen de verdad en la naturaleza. Los llevé a hacer trekking por glaciares, por montañas con nieve, y a caminatas súper largas. La clave para que esto funcione con niños chiquitos es armarles en la cabeza lo que yo llamo "mentalidad de expedición". Les contábamos exactamente qué iba a pasar, cuánto iba a durar y qué íbamos a hacer si nos cansábamos.
Cuando eran muy bebés o recién caminaban, yo usaba unas mochilas de mochilero que tienen una estructura de hierro y se enganchan en la cadera y en el pecho. El niño va sentado ahí arriba. Pesa lo mismo que hacer un trekking cargando 20 kilos de equipo, pero te la bancás perfecto y te permite llevarlos a lugares insólitos.
Tengo recuerdos increíbles. A veces estábamos haciendo caminatas durísimas en la nieve y de repente uno decía "tengo frío, me quiero ir". Entonces el hermano lo arengaba para seguir. A la media hora, se cansaba el que antes arengaba y el otro le decía: "Dale, si recién yo me quería ir y me hiciste seguir, no aflojes ahora".
Una vez fuimos a la montaña Vinicunca en Perú, que queda a más de 5.000 metros de altura. Se me apunaron los tres. Fue durísimo. Hubo momentos donde pensé que íbamos a tener que dar la vuelta y abortar la misión. Pero seguimos, logramos llegar, y la sensación cuando llegás a la noche al hotel después de esa odisea familiar es indescriptible. Hoy en día es uno de los mejores recuerdos que tienen.