
Cuando estaba embarazada de mi segunda hija y el primero tenía apenas dos años, leí un libro que me voló la cabeza. Me hizo frenar y entender algo básico pero enorme: antes que enseñar, antes que corregir, antes que moldear, había que escuchar. Había que mirar al niño a los ojos y ver qué traía, qué quería, qué necesitaba.
Ahí empecé a sentir que mi lugar no era el de alguien que viene a imponer una forma, sino el de una facilitadora en la crianza. Alguien que acompaña, que observa, que ayuda a desplegar lo que ya está ahí, en lugar de querer intervenir en todo.
También dejé de creer en esas ideas tan instaladas sobre lo que supuestamente hay que enseñarles cuando son muy chiquitos. Por ejemplo, compartir. Un nene pequeño no piensa desde la generosidad adulta. Piensa desde el instinto: esto es mío, no te lo quiero dar. Y está bien. No hay nada roto ahí. Hay cosas que llegan más adelante, con otra madurez.
Lo mismo me pasó con esa costumbre tan naturalizada de hacer que los chicos saluden a todo el mundo con un beso. En Uruguay eso pasa mucho. Pero un bebé o un niño muy pequeño todavía está armando su espacio, su intimidad, su relación con el cuerpo y con la cercanía. Muchas veces se siente intimidado. Obligar a un chico a acercarse físicamente a personas desconocidas solo porque un adulto espera ese gesto me dejó de parecer inocente.
Otra cosa que empecé a revisar fue la cantidad de veces que los adultos les decimos no. No hagas eso. Eso no se hace. Así no. Con el tiempo entendí que, para un niño muy chico, los padres son el mundo entero. Entonces cada desaprobación no es una corrección menor: puede sentirse como una amenaza al vínculo, como si el mensaje fuera no estás siendo querido así.
Y muchas veces todo eso ocurre por cosas mínimas, situaciones que podrían dejarse pasar o mostrarse de otra manera. Ahí también cambió mi eje. Empecé a preguntarme menos cómo lograr que el niño se adapte y más cómo hacer para que el adulto pueda tolerar la incomodidad, la espera, la frustración.
Con mi segunda hija sentí que eso lo entendí mucho mejor. La miraba de otra manera. Quería descubrir qué proponía ella, cuáles eran sus tiempos, sus miedos, su forma de estar en el mundo. Y empecé a ponerla por delante de la expectativa de los adultos. Si no quería saludar, no saludaba. Si no quería cantar, no cantaba. El adulto podía bancársela. El niño no tenía por qué acomodarse siempre.
También aprendí el valor de estar cerca. De darles toda la presencia posible. Sí, con el tiempo una aprende a distinguir entre un capricho y una necesidad real, y ahí aparecen los límites. Pero cuando un chico está triste, asustado o solo, ahí no hay mucho para negociar. Ahí hay que estar.
Porque los miedos y las soledades tempranas dejan marcas profundas. En cambio, cuando el niño siente que hay alguien disponible, alguien que lo sostiene, incluso sus frustraciones más pequeñas encuentran un cauce más amable. No se trata de evitarles toda incomodidad. Se trata de que no atraviesen solos aquello que todavía no pueden comprender.