← Volver al índice

No es un libro, es un cuaderno

Ilustración

Empecé a escribir estas anécdotas de crianza porque, mientras iba viviendo ciertas escenas con mis hijos, me pasaba seguido pensar: ¿por qué nadie te avisa que esto es así? A veces compartía algo con alguien, o con mi hermana más chica cuando tuvo a su hijo, y sentía la necesidad de decirle: ojo con esto, bajá tus expectativas, los chicos no ven las cosas como nosotros. Muchas frustraciones aparecen simplemente porque no logramos meternos en su cabeza y pensar como ellos.

Por eso me divierte escribir cuentos, anécdotas y pensamientos sueltos. No siento que hoy falten reglas, siento que falta espacio para una mirada más honesta y más diversa. Muchos libros de crianza intentan darte una visión única, y para mí la experiencia es muchísimo más dispar: depende de cómo sos vos, de tu cultura, de cómo es ese niño en particular. Los niños traen cosas muy distintas. Yo tengo tres, y cada uno trajo algo completamente diferente. Si hubiera intentado aplicar con todos la experiencia del primero, no habría funcionado.

En vez de reglas, muchas veces la crianza pide algo más parecido a un wait and see: mirá dentro tuyo, miralo a él a los ojos, andá generando tus propios cuadernos de crianza. De hecho, creo que ese sería un buen consejo para cualquiera: que cada uno vaya armando sus propios cuadernos, y que después pueda volver a ellos para consultarse.

Por eso prefiero llamarlo cuaderno y no libro. No pretendo hacer una guía exhaustiva para criar hijos, ni decirte qué hacer y qué no hacer. Son momentos, ideas, cosas que me divirtió compartir y que tal vez pueden servirle a otro. Nacen de la experiencia, no de una receta.

Fui mamá por primera vez justo antes de cumplir treinta. Hoy tengo tres hijos: uno de dieciocho, una de quince y otra de once. Si miro para atrás, hubo bastante inconsciencia y bastante mandato cultural en esa decisión. Yo vengo de una familia de seis hermanos y el papá de una de cinco, así que dos nos parecía poco y terminamos teniendo un tercero casi empujados por esa idea. Siempre decimos lo mismo: por suerte lo tuvimos, pero lo dudamos. Fue más un acto de inconsciencia que de conciencia total.

También siento que tuve mucho instinto y que disfruté muchísimo la maternidad. Tener un hijo te obliga a resignar libertades, pero cuando lo hacés por algo que te vuelve profundamente feliz, esa renuncia cambia de sentido.

Recuerdo que cada vez que nació uno de ellos lo primero que hacía era mirarles la cara. Y ahí me aparecía una sensación muy poderosa: una necesidad inmediata de comprometerme con esa persona, sin miedo. Como si algo adentro mío dijera: me voy a ocupar de que seas feliz, te voy a cuidar todos los días de tu vida.

Con el primero cometí muchos errores, sobre todo por repetir la crianza que había recibido yo en vez de escucharme más a mí misma. Ahí empezó también este aprendizaje: entender que criar no es aplicar una fórmula, sino animarse a mirar al niño, mirarse por dentro y descubrir qué necesita ese vínculo.


Siguiente: Mirar al niño antes que al adulto →