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Pantallas y tecnología, el cuco moderno

Ilustración

Siento que hoy la tecnología es la gran batalla de todos los padres, pero también siento que nadie la tiene verdaderamente resuelta. Todos estamos lidiando con lo mismo. Yo no tengo una fórmula mágica: tengo una política bastante casera, hecha más de sentido común que de teoría, y que intento pensar siempre en términos de costo y beneficio.

Cuando mis hijos eran chicos, yo los llevaba a todos lados. Me encantaba incluirlos en la vida real. Pero incluirlos de verdad también exige reconocer que a veces una necesita un momento de paz, o necesita dormir a un bebé mientras los otros siguen despiertos. Entonces sí: usé lo que yo llamo el chupete electrónico.

En aquella época no eran iPads al principio, eran DVD con dibujitos tranquilos o títeres filmados, que en el fondo no me parecían tan distintos de mirar un show de títeres en vivo. Eran contenidos calmos, que no los agitaban demasiado. Y eso nos permitía, por ejemplo, ir a un restaurante, darles de comer, y después dejarlos un rato mirando el dibujito mientras los adultos podíamos charlar.

Para mí eso tenía mucho valor. Porque después de ese pequeño recreo, nosotros volvíamos a estar con más ganas de estar con ellos. No sentíamos que el niño fuera una carga pesada de soportar. Conozco padres que se van al extremo de cero tecnología, cero tecnología, y después ya no soportan más a sus hijos, no los quieren ni ver, o sienten que solo pueden sobrevivir dejándolos en un club de niños en plenas vacaciones. Honestamente, prefiero tenerlos conmigo, aunque miren un poco de dibujitos, antes que vivir esa sensación de huida.

En un momento, cuando crecieron un poco, armamos una política más concreta. Teníamos un cuaderno donde anotábamos el uso de pantallas. Eran cuarenta minutos por día, y pantalla incluía todo: tele, PlayStation, iPad. Todavía no tenían celular. Había que anotar a qué hora empezaban y a qué hora terminaban. Si yo encontraba a alguno usando tecnología sin haberlo anotado, al día siguiente se quedaba sin pantalla.

A veces, cuando se les terminaba el tiempo, pedían un poco más. Y entonces negociábamos: bueno, primero hacé tal cosa. Pero la verdad es que mis hijos pasaban muchísimas horas en el colegio, muchas más de las que a mí me hubiera gustado, y además hacían muchísimos deportes. Llegaban a casa cansados, después de haber hecho mucha actividad física y poca pantalla. Entonces si después de comer, ya en piyama, miraban un rato el iPad, tampoco sentía que eso fuera el fin del mundo.

Obviamente intento sacarlos de la tecnología, y me gusta que dejemos los celulares afuera cuando estamos juntos o cuando vamos a comer. Pero nunca quise manejar este tema desde el miedo. Siempre desde el costo-beneficio. De hecho, muchas veces pienso que ojalá existiera alguien que me sacara a mí el celular a la fuerza, porque dejarlo cuesta un montón. Y aun así, todos sabemos que la vida mejora bastante cuando logramos soltarlo.

Con la tecnología me pasa algo parecido a lo que me pasó con otros recursos modernos: no me interesa ser purista, me interesa que la convivencia sea más amable.

Por eso nunca me pareció escandaloso usar herramientas como el baby call o el 360. Son formas bastante extremas, si se quiere, de usar tecnología, pero en mi experiencia hicieron el día a día mucho más llevadero.

Yo dejé el baby call en la habitación de mis hijos hasta que tuvieron edad de bajarse solos de la cuna y venir a buscarme. Eso me dejaba tranquila. Sabía que, si se despertaban, si lloraban o si les pasaba algo, los iba a escuchar enseguida. Mucha gente duerme con la puerta abierta para estar atenta, pero eso deja entrar luz, ruidos, movimiento de la casa. A mí me parece peor para el descanso de todos.

Y hoy me pasa algo parecido con el 360. Mis hijos tienen celular y yo tengo una aplicación que me muestra dónde están. Ellos saben perfectamente que existe. No es un secreto, no es un espionaje encubierto. Y como nosotros somos padres bastante relajados y les dejamos hacer casi todo lo que quieren hacer, la verdad es que nunca tuvieron demasiado problema con eso.

Claro que si yo usara esa información para interrogarlos, perseguirlos, cuestionarles por qué fueron a un lugar, cuánto tiempo estuvieron o con quién se vieron, probablemente les molestaría muchísimo más. Pero no lo uso así. Lo uso para estar tranquila. Para confirmar que están en circuitos normales. Para resolver esos momentos en los que alguno se olvida de avisar dónde está o pierde la noción del tiempo.

Incluso al más grande, que ya tiene dieciocho, le ofrecí desactivar el 360. Le dije que si prefería no tenerlo, estaba bien, pero que entonces yo probablemente le iba a escribir más seguido para preguntarle dónde estaba o a qué hora volvía. Me dijo que prefería dejarlo, porque nunca le rompí las pelotas con eso y entendía perfectamente que, si algún día le pasa algo, yo soy una persona que lo quiere y que va a querer buscarlo.

Algo parecido nos pasó con el primer celular. Nosotros se lo dimos antes de que lo impusiera la sociedad. No fue porque todos los demás ya lo tuvieran, sino porque nuestros hijos participaban en un circuito de natación de verano y empezaban a viajar muy chicos con la delegación. A los siete años ya se iban a campeonatos, a veces cuatro noches, durmiendo en el piso de una escuela en algún departamento del interior. Nosotros íbamos, sí, pero no podíamos estar adentro con ellos.

Yo no los hubiera dejado ir sin un celular desde el que me pudieran decir: mamá, te necesito. Y más de una vez pasó. Más de una vez me llamaron, sentí que extrañaban o que estaban raros, hablé con ellos, los tranquilicé, y fue clave. Después, cuando volvían, el celular quedaba sometido a la misma política que el iPad: entraba dentro de esos cuarenta minutos diarios. Al principio, además, lo usaban exactamente para lo mismo. Videos, jueguitos, YouTube. Las redes llegaron más tarde.

Cuando son chicos, cada tanto también les revisé el celular. No con obsesión, no todo el tiempo, pero sí alguna vez. Y encontré cosas que me sorprendieron. Más que enojarme, en general me dio para reírme y después charlarlo. Tengo la sensación de que esta generación está muchísimo más advertida que la nuestra sobre la huella digital, sobre los riesgos de exponer demasiado. De hecho, cualquier menor de veinte hoy tiene dos publicaciones en Instagram, mientras que los adultos tenemos ochenta mil. En ese sentido, a veces hasta son más prudentes que nosotros.

Además, si alguna vez alguien desconocido les escribe por una red o les pasa algo raro, suelen venir a contármelo. Y eso para mí es muchísimo más importante que cualquier sistema de control perfecto: que sientan la confianza de venir.

Con todo este tema también hay una industria del miedo enorme. A las madres se las asusta con una facilidad impresionante. Cada invierno aparece uno o dos terrores nuevos: una película, una aplicación, una moda, una historia espantosa. En algún momento fue la Ballena Azul. Y aunque seguramente alguna historia real haya existido en algún lugar del mundo, el nivel de trauma, paranoia y debate que eso generó en madres que nunca estuvieron realmente frente a ese riesgo fue desproporcionado.

Y además los miedos se viralizan. Si tenés tres hijos, tenés quince grupos de WhatsApp. Entonces entra uno de estos pánicos y te llega el mismo mensaje por quince lados distintos, reenviado, discutido, amplificado. Se arma una bola de terror que termina llevando a muchas madres a tomar decisiones drásticas desde un miedo que ni siquiera se tomaron el tiempo de pensar.

A mí todo eso me aburre muchísimo. No porque crea que no haya riesgos, sino porque no quiero criar desde el susto. Prefiero pensar cada herramienta, cada pantalla y cada decisión tecnológica desde algo más sensato: cuánto me da, cuánto me quita, cuánto mejora la convivencia, cuánto me acerca a mis hijos y cuánto me aleja. Y decidir desde ahí.


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