
Los niños aman el agua apenas nacen. Son como pescaditos que vienen de estar nueve meses flotando, así que cuando los metés al baño son profundamente felices.
Bañarlos cuando son muy chiquitos es un plan espectacular. Una vez que ya logran sentarse solos, si les llenás la bañera de espuma y juguetes (esos de goma eva que se pegan en las baldosas o los que se llenan de agua), se gozan. De hecho, el agua es una herramienta mágica para dejarlos en estado zen. Cuando tenés uno de esos domingos a la tarde donde están medios insoportables, meterlos a la bañera un rato largo salva el día.
A mí siempre me pareció fundamental que aprendan a disfrutar de la sensación de estar limpios. Fui de esas madres que dejan que los hijos se embarren de pies a cabeza en el jardín —jugar con mugre me parece sanísimo—, pero a la noche el ritual siempre fue el mismo: duchita caliente, pijama limpio y a la cama. Mi objetivo era setearles esa rutina hasta que llegara un punto en el que se sintieran físicamente incómodos si no se bañaban (con excepciones lógicas: si estamos de campamento un fin de semana, nadie se muere por dormir sin bañarse).
Pero de repente llega una etapa —generalmente entre los cinco y los siete años, y en mi experiencia los varones la sufren peor— en la que bañarse les empieza a dar muchísima pereza. Pasan de amar la bañera a convertirse en seres que prefieren meterse a la cama con las rodillas negras de mugre sin que les importe absolutamente nada.
En ese momento, como madre, sentís una frustración gigante. Te preguntás: "¿Qué hice mal? ¿No sembré nada en todos estos años?".
Afortunadamente, es solo una etapa que con el tiempo se acomoda. Y a veces, el universo te da una ayuda inesperada.
Una vez, en pleno verano, fuimos de viaje a París. Hacía muchísimo calor, cerca de 40 grados, y cuando nos metimos en el metro la baranda humana acalambraba. Un olor fortísimo. Mis hijos, que estaban chiquitos, nunca habían estado tan rodeados de un olor corporal tan heavy. Los impactó muchísimo. Cuando logramos salir de ahí y volvimos al Airbnb, me miraron escandalizados y me dijeron: "Mamá, por favor, me quiero bañar. Quiero volver a ser uruguayo".
Estaban indignados. "¿Cómo no se dan cuenta del olor asqueroso que tienen?", me preguntaban.
Ahí aproveché la oportunidad educativa: "Es que no se dan cuenta. Hay que tener mucho cuidado, porque al principio vos te sentís tu propio olor, pero si dejás de bañarte por mucho tiempo, tu nariz se acostumbra y dejás de sentirlo".
El terror a convertirse accidentalmente en un peligro biológico andante para la sociedad hizo lo suyo. El susto del metro de París fue el fin de la etapa de la mugre.