El último gran personaje que trabaja la clase es la víctima dolida. Luciano no niega que existan heridas reales, injusticias o pérdidas profundas. Lo que cuestiona es la identidad que se arma cuando alguien se queda viviendo desde la lástima, el resentimiento o el relato de que su historia lo condena para siempre.
Esa posición puede volverse una prisión tan rígida como cualquier otra máscara. La persona se vincula desde sus heridas, se protege para no volver a sufrir y termina reproduciendo el mismo encierro que dice querer evitar. La historia deja de ser experiencia y se vuelve destino.
Por eso el cierre de la clase no busca borrar el pasado, sino honrarlo sin quedar atrapado ahí. La meditación final invita a abrazar la propia historia, agradecer padres, barrio, infancia y aprendizajes, y al mismo tiempo elegir qué cosas soltar. Desde ese gesto aparece una salida: dejar de pelear con lo vivido, agradecer la vida que trajo hasta acá y entregarse a una inteligencia amorosa capaz de seguir guiando el camino.