El perdón ocupa el corazón de la primera mitad de la clase. Luciano lo divide en tres movimientos: pedir perdón cuando dañamos, perdonar a quien nos hirió y perdonarnos por nuestros propios errores. En los tres casos, el foco no está puesto en la corrección moral ni en quedar bien, sino en dejar de sostener heridas abiertas que siguen drenando energía.
Pedir perdón aparece como un acto de valentía, humildad y reconciliación. Perdonar deja de ser indulgencia hacia el otro y pasa a ser una manera de dejar de seguir siendo heridos por el pasado. Y el auto perdón se vuelve una ruptura con el castigo infinito: reconocer que erramos, aprender y dejar de torturarnos.